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Fábula de amor: Los dos pichones

Los dos pichones

Habían dos hermanos pichones que se querían mucho y pasaban todo su tiempo juntos, en armonía y realizando con seguridad todas las actividades típicas de los pichones.

Un día, uno de los dos, el más aventurero, decidió que quería emprender un viaje en solitario y experimentar nuevas sensaciones. Quería conocer mundo, más allá de la tranquilidad que el habitual árbol en el que vivían les daba.

Su hermano no compartió su ambición y le pidió que reconsiderase su decisión. Si marchaba lo tendría a él muy preocupado, pues en el mundo lejano había muchos peligros para ellos los pichones.

Él, el que quedaba, estaría desesperado por la ventura de su hermano atrevido. Se venía la estación más peligrosa, razón por la que incluso le pidió esperar la llegada de una época más tranquila.

A pesar de todos los pedidos, el aventurero quiso marchar. Le dijo a su hermano que no se preocupara, que con solo unos días de viaje sería feliz y regresaría a la comodidad del hogar.

Así, decidió partir, dejando sumido en extrema preocupación a su hermano.

Apenas partió el gorrión comenzó a vivir nuevas sensaciones, pero no de la manera que imaginaba.

A pocos kilómetros de su apacible árbol estalló un terrible aguacero, que lo obligó a guarecerse en un inhóspito árbol, en el que habitaban otras criaturas que él, pequeño gorrión, no conocía.

Estaba mojado, calado por el frío, y temeroso ante las amenazas que el resto de las criaturas representaban para él.

Escampó tras horas de lluvia y el gorrión volvió a volar.

Divisó a lo lejos un trigal con granos en el suelo, que podría degustar para compensar su apetito, pero inexperto como era no imaginó que se trataba de una trampa.

Fue tocar el suelo y picotear el primer grano, cuando una pesada red de caza lo atrapó.

A pesar que no conocía nada de esto, el gorrión sabía que se trataba de un inminente peligro. Aleteó con fuerza y picoteó la red, que por suerte era vieja, hasta que pudo liberarse, no sin dejar varias plumas atrás.

El aventurero se sentía débil y dañado, y ya comenzaba a aflorar en él el arrepentimiento por haber dejado atrás la comodidad de su morada y a su hermano.

Esta sensación se incrementó cuando divisó un buitre que rapazmente se venía desde lo alto para devorarlo. Afortunadamente para él, un águila se lanzó contra el buitre, desatándose una brutal pelea que terminó dañándolo de forma colateral e indirecta.

Esta fue la gota que colmó el vaso e hizo comprender al gorrión lo mal que había hecho en su primer viaje.

Sin pensarlo dos veces regresó a su árbol, maltrecho y herido, donde lo aguardaba con temor y preocupación su hermano.

Con los cuidados de este último el gorrión aventurero mejoró, pero nunca más quiso emprender un viaje de riesgos y desafíos solo. Tenía a su hermano para acompañarlo, y si no podría prepararse con más racionalidad. Entendió que la vida es maravillosa, un milagro en sí misma, pero que hay que saber vivirla con raciocinio para vivirla a plenitud.

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